Dibujo absoluto

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martes, 15 de julio de 2014

Cuento: Al que pega lo saco

Siempre me llamaron la atención los técnicos, como los políticos. Tipos que están un poco desequilibrados, y para matizar esa locura, organizan cosas.  Con una sociedad que respeta el desequilibrio en organización, encuentran sitio. Y siempre me llamó la atención los pactos que tienen los técnicos (y algunos tipos) con los contadores de historias, que hacen que las cosas que son de algún modo, sean de otro. Si el técnico ponía todo el equipo atrás, hacia tiempo y se la pasaba haciendo pegar a sus jugadores, y a duras penas llegaba a los penales, era una proeza estratégica. Ahí estaba el pacto con el contador. Pero los que más me llamaban la atención eran los técnicos del barrio. Eucides, que de nombre parecía griego e ilustrado, y en realidad recibía ese nombre por una deformación  de su verdadero, Alcides, fue cantante de rancheras, catador de vinos, y finalmente técnico. Hay tipos a los que le gusta dejar su sello. Eucides empezó dejando su sello en los delanteros rivales en sus jóvenes 20 años de defensor. Eran típicas de Eucides las patadas a toda la planta del pie (que era grande) en el pecho del rival cuando este venia lanzado a carrera y levantaba la cabeza a ver a quien se la daba. Y aunque parezca increíble era una figura estética, la patada se hacía ancha en el pie de Eucides, crecía, y se hacía inmensa en el pecho del rival, y entraba plana, toda limpia. Al tipo le quedaban marcados todos los tapones. Y además la pierna se estiraba completa en el pecho, como un bandoneón,  empujándolo con el pie.
Pero quizás la jugada que más nos sorprendió fue la plancha deslizante que le hizo en la cara a un rival que iba a cabecear. Fue una patada lenta, o demorada. Era un nueve muy hábil al que no le podían pegar y esa patada se estaba demorando meses. Quién sabe si Eucides el que usó la patada o la patada la que usó a Eucides. Si la plancha en bajada hubiese raspado solo la cara, hubiese quedado ahí, pero bajando ese pie se enganchó en el pecho y la remera.  Si Eucides hubiese dejado de hacer presión para afuera la pierna hubiese bajado, pero flexionó y estiró un poquito más la rodilla para que la pierna entrara un poco más en el pecho y le raspo el torso. Aun, si se hubiese conformado con eso la patada hubiese terminado ya a esa altura, pero bajando la pierna se encontró con los genitales y ahí fue cuando la metió para adentro, el tipo se dobló para arriba y contra todas las leyes de la física, ese cuerpo que venían siendo bajado desde su centro por la pierna de Eucides pegó un pequeño saltito, y eso le salvó la rodilla. Porque la planta del pie de Eucides, abandonando ya los genitales en bajada fue más ambiciosa  y le buscó la rodilla derecha. Y si hubiese tenido el jugador el pie derecho apoyado hubiese hecho palanca en el piso. Pensamos que el delantero se iba a desarmar en varias partes, pero simplemente cayó, como una bolsa de papas, como caen algunos países. Esa patada se llamó “La múltiple de Eucides” o “La especial” Pero no se dejen engañar por el nombre, no era su especialidad. Su especialidad era el “Hombro entrante” o el “Hombro sobrante” Que era cuando Eucides, con una maestría de su estirpe, hijo y nieto de laterales del pueblo (Cuídense de los laterales pero más cuídense de la familia de laterales) chocaba contra un rival más bajo o encorvado, como un maestro de contac o danza contemporánea se metía adentro del otro y de tanto que se pegaba con el otro, de tanto que se le acercaba, como si alguien (ahí estaba el secreto, no se sabía quién) hubiese calculado mal, le sobraba un poco hombro, que se le metía en la pera del otro, y lo levantaba. No era ni que el otro se chocaba el hombro, ni que Eucides le pegaba un hombrazo, era algo que pasaba, como llueve a veces. Ese hombro rocoso era una saliente, y esa cara del rival era una ola que iba a romper en él, tal como lo había descrito el poeta del barrio que le dedicó un libro, no un poema, sino un libro con sus treinta poesías completas a Eucides. También está en decir que le debía plata
Bueno, ese señor, Eucides, fue nuestro técnico durante diez años. Y lo que más nos gritaba desde la línea era: “No peguen, no sean sucios” “Jueguen limpio” “Al que pega lo saco” ¡El! ¡El nos gritaba eso! ¿Entienden? ¡El!









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